Urgencias nocturnas: esa dimensión paralela entre el insomnio colectivo y el caos doméstico.
Era una de esas noches en las que no sabes si estás atendiendo pacientes o participando en una comedia surrealista. Y entonces, entra ella.
Una ambulancia se detiene, y desciende una mujer de unos sesenta y muchos, vestida con un camisón de flores digno de un thriller de los 80 y unos calcetines desparejados que parecían contar su propia historia. Uno, en otra vida, fue blanco. El otro… ni se acuerda.
—La recogimos caminando por el arcén de la secundaria, doctora —informó uno de los técnicos, con la mirada que solo los veteranos saben lanzar.
La mujer entra con total tranquilidad, como quien busca las llaves en su salón. Ni asustada ni desorientada: simplemente en otro plano. Una mezcla extraña entre lucidez urbana y delirio poético.
—¿Qué le ha pasado, señora?
—Nada, hija. Caminaba. Pensaba. La luna está redonda, preciosa esta noche.
Poética. Hasta que decides desfilar por un arcén en camisón.
Sin signos de golpe, fiebre o deshidratación, decidimos hacer lo básico: constantes vitales, evaluación ocular y una analítica simple. Incluida, claro, una muestra de orina.
Toma el botecito. Ve al baño. Llena. Devuelve. Fin.
Ja.
Cinco minutos después, la enfermera aparece entre la risa y el espanto:
—Doctora… la señora está caminando por el pasillo mientras intenta orinar en el bote. De pie. Caminando.
Salgo y confirmo la escena: la mujer desfilando por el pasillo con el bote en la mano, mirada concentrada, pasitos lentos como si se tratara de una danza sagrada.
—¿Señora, qué está haciendo?
—Me bloqueo si me quedo quieta. Soy de andar. La orina me viene mejor así.
Inspirada, sí. Pero entre el riesgo de orinarse en el suelo, en el carrito de limpieza o en los zapatos de algún enfermero, la muestra quedó… inservible.
Dos horas después, tras descartar urgencias y confirmar que sólo llevaba encima una vida demasiado pesada, le dimos el alta.
—¿Cómo se va a casa, señora?
—No sé, hija. Yo venía caminando…
Y claro, la puerta del centro no iba a ser su destino final. Le pagamos un taxi. Porque a veces, el mejor tratamiento es una manta, un poco de dignidad y alguien que te acompañe sin juicio.
Subió al coche con la cabeza en alto. Calcetines dispares. Dignidad intacta. Porque quizá no tenga diagnóstico, pero le sobra estilo: estilo de superviviente.