🥋 Capítulo 6: Kung-fu, cordura y cuerpos de gimnasio

El paciente zen (pero con táser)

Las noches de guardia son como una ruleta rusa.

Nunca sabes qué te va a tocar.

A veces, gases con melodrama.
Otras, una uña rota acompañada por toda la familia.
Pero hay noches…
Noches que te regalan una historia que te deja mirando al techo, preguntándote si de verdad pasó.

Entra el iluminado

Treinta y pico años.
Fibroso. Sudado. Túnica naranja que rozaba lo teatral.
Cinta estilo karateka. Mirada con chispa peligrosa.

Y un discurso que ya desde la primera frase me hizo saber que esa guardia no iba a ser tranquila:

—Doctora, usted tiene un aura buena. Pero ella… ella me robó el chi.

La “ella” era su ex. Y según él, debía recuperarlo. Aunque eso implicara usarlo contra ella.

Diagnóstico inmediato: traslado psiquiátrico urgente.

Refuerzos nivel revista de fitness

Llamamos a la policía. Por seguridad. Y por sentido común.

Lo que no esperábamos era el casting: seis agentes con pinta de haberse escapado de una portada de Men’s Health.
Uniformes ceñidos, bíceps imposibles, y uno aún con el pelo mojado del gimnasio.

—Si se pone agresivo, usamos la táser.
—¿De verdad llevan táser?
—Sí. Tranquila, es segura.

Spoiler: no lo fue.

Túnica 1 – Tecnología 0

Intentamos hablarle con calma. Nada. Él, en flor de loto, conectado a su “centro de poder”.

Entonces, zas: uno de los agentes dispara la táser.
Zzzzzt.
¿Resultado? Rebota.

RE-BOTA.

Porque la túnica, al parecer, también tenía poderes.
Y él, sonriente, suelta:

—¡Mi chi me protege!

Ahí nos miramos todos. Policía. Enfermeros. Yo.
¿Reír? ¿Llorar? ¿Apuntarnos a yoga?

Final zen

Lo que funcionó, al final, fue lo de siempre: fármacos y reflejos rápidos.
Una dosis generosa.
Dos enfermeros atentos.
Cinco minutos después, el Shaolín moderno empezó a apagarse.

Los músculos se relajaron. El chi se esfumó.
Y, por fin, pudimos trasladarlo con la dignidad posible…
Para alguien sedado. En túnica. Y con cara de haber ganado el combate espiritual.

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