Una tarde tranquila. O eso creía.
Hasta que entró Doña Remedios.
73 años, pelo blanco recogido, labios rojo pasión y una mirada de esas que no piden permiso.
Se sentó con elegancia, cruzó las piernas con firmeza y soltó, sin anestesia:
—Doctora, vengo por prevención.
Yo no necesito hombres para vivir.
He trabajado, viajado, tenido mi casa, mis amigos…
y hasta hace poco, ningún interés en compartir la cama.
Pero hace tres años conocí a Julián.
🕺 Entra Julián, el bailarín
Un caballero del centro de mayores.
Camisa planchada, sonrisa traviesa y pasos de pasodoble como carta de presentación.
Según Remedios:
“Algo me crujió… no sé si fue el corazón o la cadera, pero me gustó.”
Café, besos y pasitos lentos. Hasta que un día, ella misma decidió:
—¿Y por qué no?
Y se lanzó.
Sí, a los 73. Su primera vez.
Y, según ella:
“Ni tan mal, ¿eh?”
💋 Problemas en la pista
Pero la historia dio un giro.
La rubia del centro, la de la falda corta y el aire de invocar al diablo, se acercó demasiado a Julián.
Remedios no se puso celosa. Se puso sabia.
—No me fío. Yo me cuido.
Vamos a ver si está todo en orden ahí abajo, por si acaso.
No vino por miedo. Ni por vergüenza.
Vino porque su cuerpo era un templo y, como todo templo digno, merecía mantenimiento.
🧪 Revisión, dignidad y una sonrisa
Le propuse análisis básicos. Todo correcto. Y ella, encantada.
Antes de irse, me regaló la frase del día:
—No quiero que me pase nada raro.
No por Julián…
Sino porque ahora que he abierto esa puerta, no tengo pensado cerrarla.
Y mientras se alejaba, con la barbilla alta y el paso de quien baila su propia vida, me soltó:
—Doctora, una no se jubila del placer.
Se jubila de los que no saben darle su sitio.
Y se fue.
Con Julián… o sin él.
Pero siempre con ella misma.